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La lucha por la Huerta de Murcia

El milenario sistema de regadío trata de sobrevivir y adaptarse en el siglo XXI a la desaparición de la agricultura tradicional

José Miguel Vilar-Bou

Acequia de Alfatego, con bosque de ribera protegido
Acequia de Aljufía, con bosque de ribera protegido Noe López / Murcia

En el siglo X, los árabes crearon en Murcia un prodigioso sistema de riego. Con el azud de la contraparada, dominaron las aguas del Segura y tejieron una red de acequias que abastecía los campos hasta a 27 kilómetros de distancia. Hubo un tiempo en que los reyes bebían de este agua. Surtían con ella sus palacios. Hoy, en cambio, es fácil ver peces muertos y basura. La huerta lucha por encontrar un modo de supervivencia en el siglo XXI, sobreponerse al abandono de la agricultura tradicional.

“Creemos que existe peligro real de que la huerta desaparezca”, alerta Sergio Pacheco, presidente de la Asociación para la Conservación de la Huerta de Murcia (Huermur).

“Hemos llegado a un punto en que la huerta podría desaparecer”, coincide Isabel Muñoz Vidal, técnica de la asociación agroecológica El Verdecillo.

“No creo que la huerta desaparezca, pero el estado es desolador y la calidad ambiental agoniza”, evalúa Paz Parrondo, bióloga especialista en conservación natural de la asociación Columbares, quien añade: “Cada vez que salimos a tomar muestras volvemos descorazonados. Al final lo que tendremos es una red insalubre, sucia, con química. ¿Y de qué sirve una huerta de la que no te puedes fiar?”

La Junta de Hacendados es la entidad que reúne a los 20.400 regantes de la huerta que, con sus 952 km2, se extiende a Murcia, Santomera, Alcantarilla y Beniel. La Junta es responsable de la distribución y administración del agua.

Su presidente, Diego Frutos, declara: “La huerta no va a desaparecer mientras haya huertanos. Ellos son quienes la van siempre a salvar. Pero la huerta no puede ser un museo. Es un ente de producción, propiedad de los huertanos. Siempre lo ha sido y hay que procurar que lo siga siendo”.

Reconoce que la situación “no es tan buena como quisiéramos, ni tan mala”. Y señala que, “en un 80%, la huerta sigue activa. No se ha perdido la actividad agrícola, pese a que las edificaciones nos están comiendo terreno”.

Como un sistema arterial

El sistema concebido por los ingenieros árabes consistía en desviar desde el azud (presa de poco tamaño) de la Contraparada las aguas del río a las dos acequias mayores: Aljufía, o del Norte, y Alquibla, o del Mediodía. Éstas se distribuyen a su vez en una red de más de cuarenta acequias menores que también se subdividen en hijuelas, brazales y regaderas.

Mediante un sistema de aceñas, norias y azudes, se lograba salvar los desniveles y llevar el agua hasta las zonas más alejadas.

“La red de riego de la huerta de Murcia funciona como un sistema arterial cuyo corazón está en la contraparada”, describe Sergio Pacheco.

El problema es que las acequias han caído en el abandono y, como dice Sergio Pacheco, “acequias y huerta son uno”.

Por muchas el agua no corre, obturadas por desechos y especies vegetales invasivas como la caña.

Algunas no han sido limpiadas en décadas.

“De momento el sistema de riego funciona bien, aunque hay zonas adonde el agua no llega, o sólo se puede regar una vez al mes, sobre todo en la parte baja: Zeneta, el Esparragal…”, explica Pacheco.

Según Huermur, esta escasez de riego lleva a muchos a dejar de plantar, y la tierra queda abandonada.

El huertano Pablo Pineda declara: “Al haber cada vez menos gente que cultiva, las acequias se usan cada vez menos. Con la muerte de la huerta, mueren las acequias”.

Sillares desprendidos en la contraparada
Sillares desprendidos en la contraparada Noe López / Murcia

La monda

Antiguamente, eran los propios huertanos quienes se encargaban de la limpieza de las acequias, llamada monda. Se repartían la tarea entre ellos de acuerdo con su responsabilidad, la tierra que tenían.

Pero los tiempos han cambiado. En la actualidad, sólo el 20% de los huertanos, tiene la agricultura como actividad económica principal.

“El método de partir las propiedades para heredar ha hecho que la huerta haya quedado dividida en parcelas muy pequeñas, de las que no se puede vivir”, explica Diego Frutos.

Quienes cultivan lo hacen, principalmente, “porque lo hacían sus padres y sus abuelos y le tienen gran cariño. Pero son gente que ha estudiado y tiene otras profesiones. El oficio de huertano es muy sacrificado”.

Por tanto, hoy los huertanos ya no se organizan para limpiar las acequias, lo que es fundamental para la salud de éstas.

La Junta de Hacendados trata de suplir esta función. Sin embargo, basta un paseo por la huerta para comprobar que resulta insuficiente.

Por otra parte, Huermur critica el modo en que la limpieza se lleva a cabo: “Tendría que vaciarse el cauce y hacer la monda a mano, mediante cuadrillas de veinte personas, y con la supervisión de un biólogo y un arqueólogo. En vez de eso, un obrero mete la pala mecánica sin miramiento por el patrimonio ni la biodiversidad”.

Acequias como vertederos

“El sistema de acequias de Murcia va mucho más allá del uso agrario”, afirma José Antonio Moreno Micol, de Huerta Viva. “Contribuye a crear un microclima, refresca, modera el agua de las ramblas, mitigando las inundaciones cuando vienen crecidas. Sin las acequias, Murcia no existiría. Sería imposible vivir aquí”.

Muchos, sin embargo, parecen haber olvidado esto, incluso los que viven en la propia huerta:

Hace unas semanas, fotografías distribuidas por Columbares mostraban varias acequias llenas de basura y de peces muertos en la zona de La Arboleja, Aljucer y Barreras.

“Te asomas a la acequia y te encuentras botellas, sillones, bicicletas, neveras…”, lamenta Isabel Muñoz Vidal, de El Verdecillo.

Denuncia también la existencia de viviendas ilegales que emplean las acequias como desagüe.

“Hoy, que hay más posibilidad de tener una educación, civismo, la gente parece haberse ido justo a lo contrario”, lamenta el presidente de la Junta de Hacendados, Diego Frutos.

Huermur, por su parte, critica la impunidad de industrias que arrojan sus vertidos a las acequias con tanta desenvoltura que incluso abren canalizaciones al sistema de regadío para hacerlo.

“Da horror pensar que con esto se riega lo que la gente come”, manifiesta la bióloga Paz Parrondo.

Paraíso… de ratas

“Llevo toda la vida aquí y he podido ver el deterioro tan grande que se ha producido”, afirma Isabel. “Hay sitios que antes eran maravillosos: Te sentabas a la sombra y era como estar en el paraíso. Ahora vas y te comen las ratas”.

El deterioro de las acequias va parejo al del paisaje. Éstas constituyen un ecosistema que da cobijo a numerosísimas especies animales y vegetales. La contaminación y el abandono han puesto en severo peligro la supervivencia de muchas de ellas. Otras, ya han desaparecido.

A quien se asoma a las acequias hoy le parece increíble que hace apenas unas décadas se pudiese pescar en ellas sin reparo.

La buena noticia es que, en los últimos tiempos, algunos de sus tradicionales habitantes han regresado: Columbares ha detectado la presencia de barbos, galápagos leprosos, ranas e incluso anguilas. Es frecuente ver carpas.

Sin duda, los más venerables habitantes de las acequias son los álamos y los olmos, que pueden vivir más de 500 años y que fueron traídos a Murcia por los romanos.

Pero ni la venerabilidad, y ni siquiera la protección legal de que gozan, impide las talas ilegales que Huermur ha denunciado en diversas ocasiones.

Estos árboles, junto con moreras, laureles y adelfas, constituyen la flora tradicional de la huerta.

“Álamos y olmos sostienen la tierra de los márgenes”, explica José Antonio Moreno Micol. “Los bosques de ribera son fundamentales para la pervivencia de las acequias”.

Además, los olmos, al proyectar sombra y fijar el suelo con sus raíces, impiden la proliferación de una especie que se ha convertido en un grave problema: la caña.

La invasión de las cañas

“Cuando yo era pequeña, en la huerta usábamos la caña para todo. Hasta para hacer cuchillos con los que partíamos el tocino, pelábamos los higos y cortábamos casi cualquier cosa. También se utilizaba para la construcción, los techos de las casas…”

Este relato de Francisca Marín, de 86 años, sobre su infancia en Torreagüera habla de un mundo agrícola hoy desaparecido en el que la caña resultaba de gran utilidad.

Hoy, sin embargo, este culmo leñoso procedente de Asia se ha vuelto un problema.

Al haber caído en desuso, crece de manera descontrolada. Forma espesos cañaverales que obturan las acequias e impiden la proliferación de otras especies vegetales e incluso animales.

“La caña transpira seis veces más que un árbol”, revela David Verdiell, técnico de Columbares, “con lo que consume mucha más agua, en un entorno donde ésta escasea”.

La sequedad de los cañaverales en verano los convierte también en nido de incendios: “En Guadalupe los hay todos los veranos”, advierte el biólogo.

No se trata de erradicar esta especie, puesto que los cañedos son lugar de nidificación de las aves, sino de establecer un mayor y estricto control.

Entubamientos

Es domingo por la mañana. Una veintena de voluntarios se ha reunido en Guadalupe para participar en una actividad de mantenimiento del bosque de ribera organizada por Huerta Viva, Columbares y la Junta Municipal de esta pedanía.

En el camino, parcelas cultivadas se alternan con otras abandonadas, y algún viejo molino en ruinas.

La ruta avanza sobre la acequia de Churra la Vieja. Donde en otro tiempo hubo un curso de agua, el caudal discurre hoy soterrado, invisible a los ojos. La acequia ha sido entubada y una carretera pasa sobre ella.

No muy lejos, discurre la de Alfatego, sin entubar, con la ribera custodiada por estupendos olmos, rebosante. El contraste paisajístico es total.

“Las acequias deben ser de tierra, no de hormigón”, manifiesta José Antonio Moreno Micol.

Sin embargo, esta no ha sido la política de la Junta de Hacendados en las últimas décadas: Sólo en 2014, se entubaron siete kilómetros de regadío.

El entubamiento de acequias es el asunto que más ásperamente enfrenta a la Junta de Hacendados con asociaciones como Huermur y Huerta Viva.

Los hacendados imponen una visión “práctica” del asunto: Alegan que así se reducen los costes de mantenimiento, se incrementa el aprovechamiento del agua y se evita el vertido de basuras.

Los ecologistas (y huertanos ellos mismos), por contra, reclaman el mantenimiento de las canalizaciones tal como siempre han sido: de tierra o mampostería, para eludir la decadencia del paisaje y de la biodiversidad. Reclaman también un mejor acondicionamiento de los cauces.

“Una acequia hermosa, con vegetación, limpia”, exige Sergio Pacheco, presidente de Huermur. “Como reza el dicho huertano, el agua tienes que verla correr”.

“Por sistema no queremos entubar las acequias, pero sí mejorarlas”, contrapone Diego Frutos, presidente de los hacendados. “Lo que pasa es que el regante quiere agua con el mínimo coste de mantenimiento y con el máximo aprovechamiento. Pregúntales a los huertanos si están de acuerdo o no”.

El entubamiento de las acequias se inició con el declive de la agricultura tradicional, sobre todo a partir de los años ochenta.

Estas actuaciones, denuncian Huermur y Huerta Viva, se han llevado a cabo a menudo de manera “oscura”. De hecho, ni siquiera requieren licencia municipal, pese a las consecuencias que tienen sobre el medio ambiente o el patrimonio arqueológico.

“A veces los propios vecinos no entienden que queramos detener los entubamientos, porque les dicen que es la única manera de acabar con los mosquitos, ratas y malos olores”, explica Isabel Muñoz Vidal de El Verdecillo.

“Hay acequias que no han sido limpiadas en décadas, y por eso algunos huertanos prefieren que se las entube y olvidarse”, razona Pacheco en este mismo sentido.

Se trata de un círculo vicioso: El abandono de las acequias las convierte en un foco de problemas para los vecinos. Este mismo abandono las hace inhabitables para flora y fauna. Pero en vez de limpiarlas, se opta por el entubamiento, lo que garantiza el regadío y acaba con los problemas de higiene, pero también con plantas, animales… el ecosistema en sí.

Diego Frutos reconoce el daño: “Es verdad que sin ribera no hay vegetación, y que hay una pérdida en el medio ambiente, pero las dos cosas no pueden ser”.

Y añade: “No soy amante de cimbrar las acequias, y de hecho creo que hay que mantener algunos trozos, pero los regantes me lo exigen. Exigen que les llegue el agua”.

Acequia (Columbares)
Azarbe del bollo Noelia López / Murcia

Valiosa agua

En 2014, la Conferencia Hidrográfica del Segura (CHS) sancionó a la UCAM por extraer agua de las acequias para las obras de ampliación del campus y a la Junta de Hacendados por conceder el permiso no siendo el organismo competente. La denuncia fue interpuesta por Huermur.

Ese mismo año, la Junta de Hacendados, entonces presidida por Sigifredo Hernández, acordó la venta de diez millones de metros cúbicos de agua a los campos de Águilas y Mazarrón. Pese a que el acuerdo contó con el beneplácito del CHS, varias comunidades de regantes del Bajo Segura, Ecologistas en Acción y Huermur se opusieron.

“Se entuba por negocio, porque al no verse el agua, no controlas lo que pasa por debajo, cuando tú pagas cuota y el agua es de todos”, denuncia Isabel. “El agua no sobra y la venden”.

El propio actual presidente de la Junta, Diego Frutos, reconoce que “el mayor problema de la huerta es la carencia de agua”.

Para Sergio Pacheco existe un vínculo entre entubamientos y crecimiento urbanístico desbocado:

“Se entuba para urbanizar huerta, construir”, denuncia. “Y se ha hecho con impunidad, sin ningún respeto”.

“Se urbaniza destruyendo patrimonio”, declara José Antonio Moreno Micol.

El proteger la huerta, por ejemplo, convirtiéndola en Parque Regional o sometiéndola a otro régimen de protección ni se sueña, “porque eso haría difícil construir en ella”, considera Paz Parrondo. “La huerta no tiene protección a efectos prácticos. Aquí puedes hacer lo que quieras”.

Ruinas

A comienzos de este año, saltó la alarma por el deterioro del que se considera corazón de la huerta: la Contraparada, entre las pedanías de Javalí Nuevo y Javalí Viejo.

Numerosos sillares de la presa de origen árabe (declarada Monumento Histórico Nacional y Bien de Interés Cultural) aparecían desprendidos, rotos, amontonados.

Se quiso culpar de ello a las abundantes lluvias de este invierno. Sin embargo, los alcaldes pedáneos de Javalí Viejo, José Francisco Navarro, y de Javalí Nuevo, María Jesús Barquero, declararon que la causa no es la lluvia “sino el dejar de hacer un mantenimiento constante. Llevamos por lo menos diez años sin ver por aquí trabajos de limpieza y de conservación”.

En efecto, en el entorno de la contraparada la basura se amontona y los cañaverales forman auténticos bosques.

Este estado de abandono es el reflejo de lo que sucede en el resto de la huerta.

“La contraparada se está derrumbando. Si la presa se cae, las acequias se quedan sin agua”, alerta Sergio Pacheco.

A mediados de enero, Huermur denunció la demolición, no muy lejos de allí, de un tramo del acueducto de los Felices (siglo XVII). Los desperfectos se produjeron accidentalmente, al parecer, durante las labores de limpieza de la acequia inmediata. De nada le sirvió al viejo acueducto la categoría de Bien Inventariado que lo protege.

“Molinos, puentes, presas, azudes… patrimonio del XVIII y XIX, incluso romano y árabe… Está todo en estado muy deficiente, sin protección legal en algunos casos”, denuncia Sergio Pacheco. “La lucha judicial es fundamental”.

En 2014, el entonces presidente de la Junta de Hacendados, Sigifredo Hernández, fue condenado por un delito imprudente contra el patrimonio histórico por el derribo del molino de Oliver en Aljucer, en 2008. Se le impuso una multa de 900 euros y una indemnización de 3.000 euros. La denuncia fue interpuesta por Huermur.

El actual presidente de la Junta, considera “lamentable” la “desaparición” del histórico molino, pero recuerda que éste se hallaba “en un estado pésimo, de ruina, y nadie hizo nada para remediarlo. Sólo luego se nos criticó, que es muy fácil”.

A menudo se acusa a la Junta de Hacendados de insensibilidad hacia el valor patrimonial de la huerta. Diego Frutos lo rebate: “Eso son interpretaciones de quienes no conocen al huertano ni a la Junta de Hacendados. Muchos de los molinos, que tienen sus propietarios, dejaron de ser rentables por la evolución de la agricultura. Se han deteriorado y desaparecido. Somos los primeros que lo lamentan, pero es así”.

“Se equivoca quien mide las acequias sólo por su uso agrícola”, contrapone José Antonio Moreno Micol. “Vienen del siglo X, de Al-Ándalus, y siguen en uso. Tienen un gran valor arqueológico”.

“No digo que no tengan razón”, concede Diego Frutos. “Valoramos el patrimonio. Pero no tenemos medios ni dinero. El problema es económico. Y de ello deberían responsabilizarse otros estamentos”.

Cartón piedra

“El Ayuntamiento hace actuaciones aisladas que no solucionan el problema de raíz”, afirma el presidente de Huermur.

Considera que debería incrementarse la vigilancia, reducirse el IBI y desarrollar un plan integral y efectivo, “y no políticas de cartón piedra”.

“Los políticos a menudo no tratan la huerta como lo que es: un cinturón verde que protege la ciudad de la desertificación. Se quedan en la barraca, la morcilla, se hacen la foto y se van”, lamenta.

Sin embargo, “aunque a veces es chocarse contra un muro y entonces nos toca ir al juzgado”, califica la actitud de los gobiernos local y autonómico de, “en general, buena”.

“Después de tantos años de inmovilidad, es muy difícil hacer cambiar de actitud al Ayuntamiento”, declara Isabel Muñoz Vidal. “Se sigue construyendo, sigue habiendo naves ilegales, se caen las acequias y no se reparan, y si se hace es con hormigón. Tampoco se fomenta una educación de base”.

Considera que deberían buscarse fórmulas, como convertir la huerta en parque regional, o recuperar la figura del guarda de acequia.

“Es necesario que las instituciones dejen de vender humo y se sienten con sinceridad a escuchar propuestas y ponerlas en práctica”, afirma. “Pero es difícil porque quienes tienen poder de decisión no son gente de huerta, y no se dejan asesorar”.

Paz Parrondo de Columbares considera también que se requiere “más implicación de la administración en la protección del patrimonio, en la limpieza de las acequias y en la concienciación ecológica de la gente que vive en la huerta”.

Resalta, por otra parte, el creciente interés de las juntas municipales de las pedanías.

Cañaverales en las inmediaciones de la contraparada
Cañaverales en las inmediaciones de la contraparada Noe López / Murcia

Reacción

“Tras años de locura colectiva, de entubamientos y destrucción del patrimonio, ahora hay por fin una reacción”, valora Sergio Pacheco. “Los partidos empiezan a movilizarse. Hasta el PP lleva en su programa la protección del patrimonio”.

En ello tiene mucho que ver el auge de nuevas fuerzas políticas, como Cambiemos Murcia, muy reivindicativas en lo ecológico.

“Cada vez hay más gente joven que toma conciencia de la importancia de la huerta”, declara Parrondo. “Aparecen entidades sociales, movimientos vecinales”.

Raro es el fin de semana en que no se organiza alguna actividad de ocio o de voluntariado por la huerta. Los grupos de WhatsApp y las redes sociales esparcen los mensajes e iniciativas. Sirven también de altavoz a las denuncias.

Columbares ha puesto en marcha el Proyecto Acequias Vivas para la recuperación de acequias, flora y fauna. En él colaboran el Ayuntamiento, la Universidad de Murcia y, de momento, las juntas municipales del barrio el Progreso, la Arboleja, Rincón de Beniscornia, Algezares, Guadalupe, Aljucer y Monteagudo, aunque ya hay más pedanías interesadas.

Huermur, a quien el ex presidente de la Junta de Hacendados, Sigifredo Hernández, calificó de “movimiento callejero”, surgió en 2007: “Somos arquitectos, biólogos, abogados, huertanos, vecinos… gente que protege sus raíces”, afirma Sergio Pacheco.

Huerta Viva se crea en 2008. Se define como “asociación sin ánimo de lucro cuya razón de ser es la defensa de la huerta. Trabajamos en la protección, conservación y divulgación de sus valores culturales, naturales y paisajísticos”.

Isabel Muñoz Vidal explica qué es la asociación agroecológica El Verdecillo: “Cultivamos huertos urbanos en la Arboleja, que se riegan con las acequias de aquí. Nuestra batalla es que se puede revertir el actual declive. Es verdad que ha habido un cambio de sensibilidad, que mucha gente vuelve a la huerta, la respeta. Pero esto es una lucha constante, a veces con los propios vecinos”.

Cuando el agua venía limpia

“Cuando yo era pequeña, la gente recogía el agua de la acequia y con ella lavábamos la casa. Era agua del río, venía limpia que hasta te podías bañar. También limpiábamos la ropa, en el lavador, con la misma agua, y con jabón hecho en casa con aceite y sosa. Ahora, ni un agua de la acequia viene limpia”.

Son los recuerdos de Francisca Marín, de 86 años. ¿Se podrá recuperar un ápice de aquello?

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Juegos Tradionales de la Huerta de Murcia

Antes de que existieran la televisión, el asfalto, el tráfico viario y las videoconsolas, los niños y los mayores jugaban en las plazas y calles de los pueblos y ciudades a un innumerable conjunto de juegos tradicionales.

    Estos juegos iban unidos a la cultura de los pueblos, a su historia, incluso a lo mágico, el arte, la lengua, la literatura o las costumbres. El juego servía como vínculo y cercanía entre las personas y las civilizaciones.

    Los juegos tradicionales han abarcado todas las cualidades y el desarrollo social del ser humano. Juegos de habilidad para jóvenes, de flexibilidad, de fuerza para niños, de aprendizaje, de evaluación de lo aprendido, o de simple entretenimiento, han servido para que mayores y pequeños se divirtieran juntos y por separado.

EL CALICHE

    Se juega en un campo de tierra apisonada de 35 metros de largo por 6 de ancho.

    Elementos del juego: los moneos y el caliche.

  • El Caliche es una pieza cilíndrica de madera. Tiene aproximadamente 20 cm de altura por 3 de diámetro. Se coloca de pie. Sobre él se ubican las monedas que consideren oportunas los jugadores.
  • Los moneos son piezas de metal, normalmente cuadradas con los bordes redondeados (aunque también pueden ser redondas). Con estos moneos se deberá tirar al suelo el caliche.

    Los jugadores: suele jugarse por parejas, con un máximo de 3.

    Inicio del juego: Cada miembro de la pareja lanza un moneo desde un punto determinado del campo hasta la línea de salida. Quien queda más cerca sale.

    Desarrollo: Los jugadores lanzan por turnos moneos para derribar el caliche. Si éste es derribado, pero queda más cerca de las monedas que el moneo, se considera una ‘ganga’. El juego no ha finalizado. En ese caso, se debe lanzar para dejar tu moneo más cerca (si no se es pareja de quien ha derribado el caliche), o lanzar el moneo para alejar el caliche de las monedas, dejando de este modo el primer moneo más cerca de las monedas (si eres pareja de quien derribó el caliche).

    Conclusión del juego: el juego se puede finalizar cada mano jugada, o se pueden poner un número determinado de manos a ganar por una pareja.

EL JUEGO DE LOS BOLOS

   

La entrada del juego de los bolos en la Península Ibérica tuvo lugar por el Camino de Santiago, al igual que muchos otros elementos de la cultura de los países centroeuropeos. El paso del tiempo ha ido transformando las reglas del juego. De esta manera, en la Región de Murcia se dan principalmente dos juegos de bolos: Bolos Cartageneros y Bolos Huertanos.

Bolos Cartageneros

    Se practican sobre todo en Cartagena y La Unión.

    El campo de juego se llama ‘boliche’. Debe ser duro y sin elementos que puedan perturbar el correr de los bolos. Sus dimensiones serán: 100 pasos de largo por seis de ancho.

Elementos del terreno de juego:

  • La chamba: se trata de una línea recta que señala el lugar del terreno de juego, que deben rebasar todas las bolas que se lanzan.
  • El birlaero: se encuentra situado detrás de la chamba. Nunca se podrá hacer encima o antes de la misma. Consiste en una circunferencia de 8 a 12 cm. de diámetro.
  • Los bolos: nueve bolos de madera que no sobrepasan los 35 cm. de alto, de base y punta afilada. Se colocan formando tres filas rectas.
  • Las bolas: son esféricas, de madera de jinjolero dura y con poco peso. Su diámetro no puede superar los 115 cm. Cada equipo dispondrá de 7 bolas.
  • El mande: el lugar desde donde todos los jugadores efectuarán sus lanzamientos. Deberá ser una circunferencia de un mínimo de ocho centímetros.

    El lanzamiento de la bola: puede hacerse ‘a yema’ (a la derecha y sin efecto), ‘a margarita’ (imprimiendo efecto con el dedo meñique) o ‘a gordo’ (si el tiro se produce con el dedo pulgar).

Desarrollo del juego:

    Un encuentro consta de dos partidas:

  • Para ganar una partida es necesario anotarse 6 juegos.
  • Para ganar un juego es necesario derribar un bolo más que el equipo contrario.

    Compiten siempre dos equipos de 4 o 6 jugadores cada uno, más un capitán o ‘manilla’.

Bolos Huertanos

    Existen dentro de la Huerta de Murcia muchas maneras distintas de practicar este juego. Una de ellas es la siguiente:

    Se juega sobre un campo de tierra apisonada, llamado carril, de forma rectangular y con un largo de 35 a 40 m. por 4 ó 5 m. de ancho.

    Los elementos de juego son: los bolos y las bolas.

  • Los bolos: se trata de maderos alargados de 68 a 75 cm de altura, con una base de 6 a 8 cm y un diámetro de cúspide de 2 a 2,5 cm. En cada partido se dispone de 6 ó 9 bolos.
  • Las bolas: de madera dura de olivera.

    Duración de los partidos: el tiempo necesario para que los equipos consigan el número de manos fijadas por la federación.

    Los jugadores: tres por equipo, y dos cuando es por parejas.

    Inicio del juego: el juego comienza con un lanzamiento por parte de los jugadores de las bolas.

    Jugadas más comunes: el ‘mande’, la ‘birla’, ‘a vueltas’, ‘las mudas’ y ‘a copas’.

    ¿Quién es el ‘manilla’?: es el capitán del equipo y el que decide en cada jugada el tiro mas adecuado.

    En Murcia funciona la Federación Territorial de Bolos de la Región Murciana, que agrupa a un centenar de clubes.

LA PETANCA

    Aparentemente es un juego muy simple, ya que se trata de tirar una bola lo más cerca posible de un objetivo que suele llamarse boliche o bolín.

    Origen: parece que los juegos de bolas se remontan varios miles de años atrás en el tiempo. En Europa se tienen constancia de juegos en la Grecia Clásica y el la Antigua Roma. En un tapiz del siglo XVI, en el Escorial, se muestra a varios cortesanos compitiendo bolas en mano. En la Francia de finales del XIX y primeros del XX se practica el juego provenzal en casi todas las plazas de los pueblos. Por estas fechas aún se tomaba carrerilla para tirar las bolas.

    En 1907 nacerá el juego sin impulso, el ‘Pieds Tanquees’, o pies juntos. De esta expresión deriva el nombre actual del juego: La Petanca.

    Terreno de juego: 15 metros de largo por 4 de ancho.

    Elementos del juego: las bolas y el boliche.

  • Las bolas han de ser metálicas, con un diámetro comprendido entre los 7,05 y los 8 centímetros y un peso de 650 gramos como mínimo y 800 como máximo.
  • El boliche debe ser de madera y su diámetro ha de estar comprendido entre 25 y 35 milímetros.

    Los jugadores: pueden ser dos (uno contra otro), o por equipos de dos contra dos (dupletas) o tres contra tres (tripletas).

    Desarrollo de las partidas: suelen jugarse a 13 puntos en terreno libre o bien dentro de una pista delimitada. El punto pertenece a la bola más próxima al boliche. El adversario debe continuar jugando sus bolas hasta que recupere el punto, es decir, coloque su bola más cerca del boliche.

    Cada bola de un mismo equipo, si ninguna bola del equipo contrario está más cerca del objetivo, cuenta como un punto, y estos puntos se cuentan al final de cada tirada, es decir, cuando se han jugado o tirado todas las bolas.

    Formas de lanzar las bolas. Hay dos maneras de tirar las bolas y son muy diferentes entre ellas, hasta el punto de convertirse, entre determinados campeones, en verdaderas especialidades:

  • Apuntar. Es tirar la bola con cuidado, tratando de acercarse lo máximo posible al boliche.
  • Tirar. Es lanzar la bola con cierta fuerza para apartar una bola contraria , golpeándola.

    El juego no parece muy difícil, pero no hay que confiarse de esta apariencia pues hay sutilidades en la manera de tirar las bolas, en la elección de lo que se tiene que hacer en el momento adecuado y en la determinación de una táctica y de una estrategia.

    La Petanca es más compleja de lo que parece y para disfrutar de ella plenamente hay que penetrar en sus secretos.

    Todos los años, el 1 de Mayo, se celebra el día de la petanca en Alcantarilla, aunque es jugada en numerosos rincones de la Región de Murcia como La Palma, Los Alcázares, Los Camachos o Molino del Fomentapor.

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Constumbres de la Huerta de Murcia

La indumentaria tradicional huertana

    El traje tradicional huertano refleja los condicionamientos que imponían los factores geográficos y climáticos, lo que determina el tipo de tejido y la medida de mangas y pantalones.

Vestimenta femenina

    Las prendas interiores de la mujer huertana son la camisa, los pantalones, el armador o corpiño, cubierto con cubrecorsé y las enaguas, cuyo número y calidad venían determinados por la estación del año.

    Para protegerse del frío, la huertana llevaba una fratiquera que era como una chaquetilla de mangas largas, generalmente de terciopelo o raso negro.

    Los peinados característicos de la mujer huertana son el moño de picaporte o moño de ocho ramales sujeto con un lazo de terciopelo negro; y el peinado redondo, con raya en medio y pelo recogido detrás en un moño redondo o rodete.

Vestimenta masculina

    Las prendas exteriores eran la chambra o blusa de batista o lino blanco, el corpiño, de raso y terciopelo negro el de diario, y de raso crema o blanco con bordados de lentejuelas y cuentas de cristal, el de fiesta. Sobre los hombros caía el mantoncillo y en el traje de lujo se empleaba la mantela. La prenda más vistosa del traje femenino es el refajo o falda, casi siempre hecha de paño o bayeta de lana. Sobre ésta caía el delantal.

    Es más sencillo que el femenino y consta de camisón, chaleco, zaragüeles y faja en el traje de faena, y el dolmán o pantalón, sustituyendo al zaragüel, en el de lujo.

    Como complementos destacan las alforjas de mano, las calcetas, las esparteñas como calzado de trabajo y el alpargate para los domingos. Para la cabeza, un pañuelo de vivos colores, la montera de terciopelo negro y para la fiesta el sombrero calañés. Los huertanos se peinaban con el pelo muy corto sobre el cráneo y un poco más largo y rizado por los lados. Su barba estuvo siempre bien afeitada.

La música y el baile en la Huerta de Murcia

    La música y el baile siempre han estado omnipresentes en todos los acontecimientos de la vida de los huertanos. Los caminos de la Huerta estaban amenizados por los sonidos de la rondallas y los mozos huertanos emplearon la malagueña llamada ‘de la madrugá’ para cortejar a la moza de sus amores.

    Para Bonifacio Gil el canto durante el trabajo es la perla más valiosa del cante huertano, como aquella que cantaban mientras encaramados en lo alto de la morera recogían sus frutos: ‘Er que está cogiendo hoja/ y no la sabe muñir/ los borrones’ eja ciegos’/ y no ‘guerven’ salir’.

    El baile alegraba las fiestas de la sociedad murciana, jotas, malagueñas y, especialmente, parrandas eran interpretadas por parejas de bailarines y cantadas por hombres y mujeres.

El noviazgo y la boda

    El mozo que cortejaba a una moza a la que quería para novia, debía primero obtener el consentimientos de los padres de ella. El joven huertano entraba en la barraca de la novia diciendo ‘Dios guarde’ y desde dentro provenía la contestación ‘Pasa alante’.

    El ritual de aceptación del pretendiente se celebraba a la vera del tinajero, donde el mozo pedía permiso para beber en una de las jarras. Si la moza bebía en la misma jarra, significaba que daba su consentimiento al noviazgo y si tras ella bebía su padre, entonces el contrato prematrimonial quedaba formalizado.

    El convite de boda se celebraba en casa de los padres de la novia y al día siguiente tenía lugar la llamada ‘tornaboda’ en casa de la familia del novio, donde se volvía a festejar el enlace.

    Antes de la boda ya había quedado acordado el ajuar que cada uno de los jóvenes iba a aportar al matrimonio. El ajuar de la novia solía componerse de un tablado de la cama, colchones, tinajas para el agua, un cantarero, espetera y artesa para amasar pan. El novio, por su parte, ofrecía barraca, tierras, dinero y animales.

Las romerías huertanas

    Los huertanos celebraban con especial devoción la Romería de la Fuensanta en el mes de septiembre. Por la mañana temprano acudían a la Catedral de Murcia para ver salir a su Virgen en romería hacia el eremitorio del monte, por el camino de Algezares.

    En agosto caminaban en romería hasta el cercano pueblo de Monteagudo para acompañar a San Cayetano a su iglesia.

    En el día de la Asunción, los huertanos se encaminaban a bordo de carros hacia la playa de Los Alcázares para cumplir con el rito de los novenarios, un ancestral rito que consistía en la toma de nueve baños y que, según el clamor popular, garantizaban buena salud para el resto del año.

Juegos populares

    Los juegos más emblemáticos de la Huerta de Murcia son los bolos y el caliche.

    Los Bolos murcianos gozan de mayor raigambre, y permite a los mozos alardear de vigor físico. Consiste en lanzar unas bolas de madera dura, de casi un kilogramo de peso, a veinte metros de distancia, donde se encuentran los bolos.

    El caliche es principalmente un juego de habilidad. El caliche es un trozo de madera cilíndrica colocado en el centro de un recuadro o círculo trazado en el suelo, y sobre el que se coloca el dinero que se disputa. Para derribarlo se tiran unas piezas de hierro, llamadas moneos. Si el caliche cae al golpe de la pieza y el dinero que hay puesto encima del recuadro se sale fuera, se gana.